NEGACIONISMO Y VERDAD: EL DESAFÍO DE CONSTRUIR DESDE UN PUNTO COMÚN

NEGACIONISMO Y VERDAD: EL DESAFÍO DE CONSTRUIR DESDE UN PUNTO COMÚN

El debate sobre la memoria histórica y el "negacionismo" sigue vigente en nuestra sociedad. Para construir un futuro basado en la verdad, es esencial analizar los hechos con rigor y sin sesgos ideológicos. Este artículo propone una reflexión sobre cómo abordar el pasado reciente con un enfoque crítico y responsable.

En el debate sobre la memoria histórica, el término "negacionismo" se ha convertido en una herramienta para descalificar cualquier postura que cuestione la versión oficial de los hechos ocurridos durante la última dictadura militar. Tradicionalmente, el concepto hace referencia a quienes minimizan, relativizan o directamente niegan los crímenes cometidos por el terrorismo de Estado. Sin embargo, en el marco de una discusión seria sobre la historia reciente, es fundamental diferenciar entre el negacionismo y la búsqueda de la verdad. No se trata de justificar crímenes ni de equiparar responsabilidades, sino de establecer los hechos con rigor y sin distorsiones ideológicas. Y ello porque entendemos que una mentira deliberadamente impuesta beneficia a quienes la sostienen, pero empobrece a la sociedad en su conjunto.

Para esclarecer el debate, entendemos que el problema de fondo radica en el fenómeno del "hombre masa", concepto desarrollado por José Ortega y Gasset. Este término describe a un individuo que adopta opiniones y comportamientos sin someterlos a un análisis crítico, atrapado en una estructura de pensamiento donde la adhesión a una postura se convierte en un acto de fe, más que en una conclusión razonada. Este fenómeno afecta tanto a quienes defienden posiciones dogmáticas sin admitir revisión, como a aquellos que, dentro de una dinámica de grupo, se ven arrastrados a actuar en función del rol que les ha sido asignado.

Este mecanismo de conducta se puede encontrar en todo conflicto social, incluidos los enfrentamientos entre el Estado y las organizaciones guerrilleras en los años '70. En ese contexto, muchos soldados rasos fueron incorporados a una estructura jerárquica, en muchos casos de manera involuntaria por el servicio militar obligatorio, y debieron obedecer órdenes en un sistema donde la obediencia es un principio fundamental. A pesar de que existen normas militares para evitar abusos, en escenarios de conflicto real estas reglas pueden volverse más laxas. Por otro lado, los militantes de las guerrillas optaron de manera deliberada por la lucha armada como método de acción política, lo que introduce una distinción fundamental en la evaluación de responsabilidades.

Desde el derecho internacional, los actos terroristas han sido progresivamente equiparados con los crímenes de lesa humanidad. La jurisprudencia ha establecido que los ataques sistemáticos contra poblaciones civiles, aunque sean cometidos por actores no estatales, pueden encuadrarse en esta categoría debido a su impacto sobre los derechos fundamentales. Esta equiparación refuerza la necesidad de analizar con igual rigurosidad la responsabilidad de los actores no estatales en los hechos de violencia del pasado reciente.

Desde la Fundación "Despertando al Atlas" entendemos que la construcción de una sociedad madura y democrática requiere arrojar luz sobre el pasado y establecer consensos basados en hechos verificables evitando la profundización de posturas dogmáticas que a la larga terminan abonando conductas del tipo descripto por Jose Ortega y Gasset con el concepto del “Hombre Masa”. La responsabilidad de los militares en la represión ilegal ha sido ampliamente documentada y debatida en el ámbito judicial y público. No obstante, es necesario revisar con el mismo rigor la responsabilidad de los dirigentes de las guerrillas, cuyos crímenes no pueden ser relativizados bajo argumentos políticos o ideológicos.

Más allá del encuadre jurídico de las responsabilidades históricas, entendemos que es menester, como sociedad, superar debates estériles que solo profundizan las divisiones. Un ejemplo de ello es la cifra de 30.000 desaparecidos. Este número ha sido razonablemente cuestionado, incluso por protagonistas de la época; en este sentido el propio exmontonero Luis Labraña admitió que la cifra fue inflada estratégicamente para lograr el reconocimiento internacional de los abusos de la dictadura y calificar sus crímenes como genocidio, facilitando la presión externa para el fin del régimen militar.

Para avanzar como sociedad, es necesario abandonar las posturas dogmáticas y abrir el debate sobre el pasado reciente con un criterio histórico y jurídico serio. Negar los crímenes del terrorismo de Estado es inadmisible, pero también lo es impedir un análisis crítico de todas las violencias ocurridas en aquella etapa. La verdad no debe ser instrumentalizada por ningún sector. En una democracia madura, la memoria colectiva debe construirse sobre la base de la evidencia, no de dogmas. Solo así podremos encontrar un punto común desde el cual edificar un futuro sin rencores ni manipulaciones.